¿Cómo ven la tele los jóvenes? ese es el punto de partida del ejercicio que realizamos con los estudiantes de grado séptimo del Colegio CAFAM durante este año. Reflexionamos sobre los mensajes que encuentran en la programación televisiva. Nos preguntamos ¿Qué les seduce y los atrapa durante tantas horas? ¿Qué opinan de los discursos que circulan en ella? ¿Por qué indagar sobre la televisión en la escuela? Jóvenes, adultos y niños consumen televisión sin ningún tipo de análisis, porque esta actividad es considerada de esparcimiento y no tiene un carácter formal. En ella se presentan diversos textos que reflejan la complejidad de la sociedad en la que vivimos. Con frecuencia los espectadores de la televisión toman posturas radicales frente a su recepción (desde dar todo el crédito a lo que en ella se dice hasta mostrarse totalmente escépticos frente a dichos mensajes). Nuestro proyecto busca un punto de equilibrio entre estas dos posturas pretendiendo que los espectadores sean quienes conduzcan su recepción, reconstruyendo y reinventando los textos y comprendiendo la forma en que interpretan, entienden y se relacionan con los medios y sus textos. Considero que es responsabilidad de la escuela orientar este proceso, dentro de su propósito formador de sociedades dignas y autónomas “si una escuela no enseña a ver televisión, ¿para qué mundo educa? La escuela tiene la obligación de ayudar a las nuevas generaciones de alumnos a interpretar los símbolos de su cultura… ¿Cómo se integrarán unos ciudadanos que no están preparados para realizar de manera crítica aquella actividad a la que más horas dedican?”[1]. Este proyecto de aula atiende el llamado que Ferrés le hace a la escuela de formar ciudadanos críticos y proposititos frente a los medios. Durante la primera fase de este proyecto los estudiantes se acercaron al lenguaje televisivo. Debatieron sobre la publicidad y los noticieros, elaboraron cartas a los programadores exigiendo calidad, expresaron su inconformidad con la programación nacional, opinaron sobre la ética en los medios de comunicación y evidenciaron el conflicto existente entre el derecho a la información y el derecho a la intimidad. Se arriesgaron a producir sus propios programas afirmando que si es posible hacer programas buenos, divertidos y con un contenido educativo. En grupos eligieron una temática, escribieron sus guiones, prepararon sus roles y a rodar. Grabaron sus programas con ayuda del Departamento de Televisión del Colegio, actualmente el material esta en proceso de edición. En la siguiente fase del proyecto se busca que los estudiantes tomen postura frente a lo que ven, que sean capaces de argumentar sus opiniones. No es necesario apagar la tele, solo hay que dejarla en su lugar.
Generalmente encontramos que los maestros son grandes oradores, o en su defecto buenos charlatanes, usan el verbo a su antojo, juegan con las palabras y tienen el dominio absoluto sobre ellas. Ellos le cuentan lo que quiera, como quiera y con el grado de profundidad que usted desee. Sin embargo la producción escrita es escasa y no porque no tengan nada interesante o importante que contar sino porque en ocasiones el pánico que produce la página en blanco es difícil de superar.
Y es que escribir es arriesgarse, es inmortalizar una idea, es pensar en el futuro, exponerse a la crítica, abrirse al mundo con todo lo que este hecho implica. No es un crimen que un maestro no escriba, solo es un total desperdicio, sus experiencias se diluyen en el tiempo y solo quedan en la memoria de quienes las vivieron.
En las aulas se entretejen historias (muchas de ellas no aptas para menores de edad) protagonizadas por niños, niñas y jóvenes que a diario se encuentran en este espacio y comparten un poco de su vida allí. El maestro es el canalizador de todas las energías que circulan diariamente en las aulas.
Es maravilloso lo que sucede cuando comienza una clase, el maestro se para frente a sus estudiantes y como por arte de magia sus orejas comienzan a crecer hasta ocupar todo el espacio. Desde ese momento comienza el hecho mágico de la enseñanza: escuchar, escuchar y aprender de ellos, se sus experiencias, de sus historias y todo ese mundo inimaginado. Y por supuesto dar consejos de manera desinteresada, intuitiva y comprometida esa es la verdadera labor del maestro que se enfrenta a educar una sociedad con un alto grado de descomposición, donde las injusticias y desigualdades están a la orden del día.
No tiene mucho sentido llenar esas cabezas atormentadas con información descontextualizada. Mejor escuchemos, aprendamos de nuestros estudiantes, escribamos con todos los insumos que nos proporciona nuestra cotidianidad y leamos a nuestros colegas, eso es Pedagogía!
Constanza Vilá Escobar
En el parque todos fuimos por una horas niños, jugamos, corrimos, nos mojamos y encontramos una forma de comunicarnos.
Con frecuencia se estigmatiza a los jóvenes, considerándolos adultos imperfectos, rebeldes “sin causa” que no desean tener responsabilidades e incapaces de tomar decisiones, es necesario que la escuela inicie un proceso de reconocimiento y acercamiento hacia el significado real de la palabra joven, pues como lo señala Walter Grob (1997)” [ser joven] no es una fase natural del desarrollo humano, sino una forma de comportamiento social que debe ser vista ante todo como un resultado de la cultura occidental y, consiguientemente, de la formación de la sociedad industrial moderna” aunque las directrices de la escuela son administradas por los adultos estas definitivamente deben tener en cuenta que las significaciones y las dimensiones de las prioridades son completamente diferentes en el mundo de los jóvenes, así lo que para los adultos son responsabilidades evidentes, para los jóvenes solamente son obligaciones circunstanciales.
En este orden de ideas los intereses de los jóvenes, el medio donde se desenvuelven y la cultura a la que pertenecen deben jugar un papel fundamental en los procesos de enseñanza-aprendizaje; “tener en cuenta la vida de los estudiantes y su contexto permite generar un vinculo que convierte a la escuela en el lugar donde se construyen los sueños y el sitio propicio para que se desarrolle un verdadero sentido de pertenencia tanto de la cotidianidad como de la construcción del conocimiento”[1].
Día a día vemos como los intereses de los jóvenes se desplazan a un campo desconocido para la escuela, tal es el caso del uso frecuente de los aparatos tecnológicos y los medios masivos de comunicación (mass media) donde muchas veces encuentran un espacio para suplir sus necesidades afectivas, sociales, económicas y de de entretenimiento. Por su parte, la escuela ha satanizado los mass media y los aparatos tecnológicos excluyéndolos de las aulas o en el mejor de los casos convirtiéndolos en simples herramientas didácticas (ver películas en clase, búsqueda de información en Internet, etc.) carentes de un valor educativo o formativo. Para los jóvenes lo que se enseña en las aulas no tiene relación con sus vidas, porque este tipo de enseñanza esta anclada en el tiempo y no tiene en cuenta el contexto particular y mundial en el que vivemos y para el que debemos estar preparados.
El eterno problema de la “brecha generacional” es la excusa perfecta para estudiantes y docentes que ya hace tiempo han roto su canal de comunicación. Esta comunicación fragmentada impide que se construyan nuevas propuestas, los jóvenes sienten que “...su vida y preocupaciones cotidianas no tienen cabida dentro de las aulas, que estudiar es memorizar cosas que cuesta mucho entender, y que no tiene relación directa con su realidad vital; que deben proponer solo aquellos temas que consideran apropiados para las aulas, o sea los que sugieren una y otra vez los docentes.”[2]; por su parte los docentes sienten que esta generación no le teme al poder de su retórica, que estos jóvenes atienden mas los consejos de los mass media que aquellos que son fruto de años de vida y experiencia.
En este panorama surge la necesidad de reevaluar la tradicional postura hegemónica de la escuela frente a los medios masivos de comunicación y darle paso a la crítica, potencializar esa capacidad de los jóvenes por apasionarse y defender sus ideas enérgicamente. Jóvenes, adultos y niños consumen televisión, radio, prensa, videojuegos e Internet sin ningún tipo de análisis, porque estas actividades son consideradas de esparcimiento y no tienen un carácter formal. Es responsabilidad de la escuela actualizarse y orientar este proceso, no puede dejar de lado su propósito formador de sociedades dignas y autónomas.
De permanecer en el tiempo la ruptura de la comunicación en la escuela, aumentará la deserción de los jóvenes de las aulas y los que es aún mas grave del conocimiento, de igual forma estos jóvenes entrarán a ser parte de una sociedad superficial, falsamente “hipnotizada” por el poder de la imagen y el sonido que le exigen ser parte de esa “masa” uniforme que consume todo los que encuentra a su paso y que le permite a otros que piensen por ella.
Los maestros debemos diseñar e implementar estrategias que transformen la comunicación al interior de la escuela, esta por su parte debe abrir las puertas al análisis critico y propositivo de la realidad en la que vivimos, asumiendo que los aparatos tecnológicos y los mass media si tienen relación con la escuela, en la medida en que hacen parte de los jóvenes que asisten a ella.
Constanza Vilá Escobar
[1] CORTÉS, Carolina y VILÁ Constanza. Los intereses de los jóvenes en la escuela: implementación de una propuesta didáctica para la enseñanza de las Ciencias Sociales. Bogotá. 2003. Pág. 45.
[2] TORRES Santomé, Jurjo. Globalización e interdisciplinariedad: el curriculum integrado. Moratas. Madrid, 1994. Pág. 18.
Bello Horizonte se llama el barrio donde trabajo, y efectivamente es lo que se ve desde allí, ese paisaje citadino y nostálgico que incluye ruido y contaminación. A tan solo quince minutos del imponente centro histórico de Bogotá, se encuentra este barrio humilde habitado por cientos de personas que desde tempranas horas del día se disponen una vez mas a hacer las largas filas para tomar el transporte que los llevará al otro lado de la ciudad. Paradójicamente los buses que esperan con impaciencia, suben prácticamente vacíos, llevan solo unos cuantos profesores y una que otra ama de casa que el conductor amablemente ha recogido sin cobrarle el pasaje.
Todas las mañanas llego a las 6:25 am a la cita con mis estudiantes que viven y conocen de memoria todos los recovecos de este barrio, que saben de sobra que es mejor dar la vuelta que pasar por aquel callejón, que por el parque solo se puede pasar al medio día y que es mejor que la amiga no se le ocurra enfermarse porque o si no ¿quien me acompaña por la tarde hasta mi casa? A las 6:30 am suena el timbre en el colegio, se cierra la puerta y todos, maestros y estudiantes sabemos que comienza una nueva jornada, los que llegaron tarde deben esperar a que los anoten en la planilla y antes escuchar el desgastado sermón matutino del coordinador.
Yo me dirijo al salón y a medida que me voy aproximando veo como poco a poco se disuelve un emocionante encuentro futbolístico que se desarrolla en la mitad del salón o en la cancha – en el mejor de los casos- los estudiantes corren a buscar su pupitre, me saludan en coro y me abordan con un listado de preguntas interminable: que si puedo ir al baño, que si le reviso la tarea, que mi mama le manda decir, que yo no pude venir ayer, que, que, que…
A la hora del descanso salgo a desayunar con mis compañeros, vamos a la tienda de doña Maria, esta tienda tiene la particularidad de que allí todo lo que uno compra puede ser por mitad, medio caldo, medio chocolate, ella nos atiende muy amablemente y nos complace en todo. Frente a la tienda se encuentra una pequeña plaza de mercado que funciona como punto de encuentro de las sometidas amas de casa que aprovechan el momento de las compras para adelantar los chismes locales y para compartir un poco con las vecinas.
Alrededor del colegio hay varios negocios todos ellos enrejados, no por precaución sino por experiencia, pues a mas de uno le han desocupado el local en pleno día. A eso de las 12:00 pm comienzan a llegar ala puerta del colegio, los vendedores ambulantes del sector, aquellos que viven del rebusque diario y que se le miden a todo, a las 12:30 pm cuando salen los 800 estudiantes de la jornada mañana e ingresa el mismo numero de la jornada de la tarde hacen su pequeño agosto en el sitio, vendiendo toda clase de golosinas caseras y frituras que a los chicos les encanta.
Unos minutos mas tarde salgo y me encuentro con Vanesa una de mis estudiantes de 602, afrodescendiente, para ella salir del colegio implica cambiar instantáneamente su rol, deja de ser una niña de 13 años indisciplinada, altanera y problemática para convertirse en la señora de la casa que debe atender el hogar; para conseguirse lo del almuerzo juega monedas con sus compañeros en la esquina, como tiene cancha en este juego a veces solo media hora, luego se dirige a la tienda en uniforme y chancletas a comprar los alimentos con los que preparará el almuerzo para su hermano y sus padres.
Estas y muchas otras son las historias que se tejen a diario en nuestra ciudad, cargadas de signos y significados. Yo tomo el colectivo que me traerá de vuelta a la otra ciudad (como diría Alape) a continuar construyendo los sueños colectivos.
-Los extremos como punto de encuentro-
En esta época decembrina de tanta celebración y regocijo, es común observar el considerable aumento del consumo que los bogotanos hacemos de la Navidad, en especial los niños y jóvenes que son el principal objetivo del mercado. A manera de ejemplo describiré una experiencia que viví hace pocos días.
Fui a conocer uno de los nuevos centros comerciales que en los últimos meses han inundado nuestra ciudad con promesas de felicidad y del tan anhelado progreso. Ubicado prácticamente a las afueras de la ciudad hacia el Norte se encuentra el imponente Centro Comercial Santafé – el más grande de Latinoamérica- que es igualitico a los malls de Miami (dice mi tía). Al ingresar se pueden observar familias enteras que circulan ansiosas por el lugar en busca de obsequios, entre ellas jóvenes desenfadados con paquetes de almacenes reconocidos internacionalmente.
Y es que en este lugar todo esta dispuesto para comprar: es cómodo, muy bien iluminado, los colores y las formas son armónicas y los vendedores muy complacientes. Además la diversidad de almacenes, productos y servicios que ofrecen, muchos de ellos inimaginables y hasta absurdos, como el caso de un almacén que ofrece armar y desarmar el árbol de navidad, hacen que los compradores se sientan a gusto y no deseen ir a otro lugar.
Para los jóvenes escoger entre tanta oferta debe ser un verdadero lió, por una parte, a su paso encuentran innumerables maniquíes que reproducen sus peinados, maquillajes y hasta formas de pararse, éstos exhiben atractivos diseños con la última moda; de igual forma los avisos informan los descuentos y las existencias limitadas de los productos, lo que genera una angustia en estos jóvenes compradores que se refleja en sus rostros, y como si fuera poco, algunos deben soportar desde afuera que sus almacenes preferidos estén repletos de personas que quieren comprar lo mismo que ellos.
Para completar el recorrido por el centro comercial que lo tiene todo, hace falta por lo menos 3 o 4 horas de caminata, pues en sus tres niveles, se encuentra de todo, una plazoleta de comidas donde obesos jovencitos devoran hamburguesas y perros calientes, seis salas de cine, un Mc Café para los más grandes, casino, almacenes de artesanías indígenas, supermercados, bancos y algo nunca antes visto en nuestra ciudad: una mini ciudad donde se aprende a ser adulto, por tanto a trabajar y gastar el dinero que se obtiene trabajando.
Pero los jóvenes a los que me he referido hasta el momento no son los únicos que consumen, en esta ciudad tan grande y diversa confluyen muchas formas de asumir el mundo. Quizás con la que más me he relacionado en el último año ha sido con la de los jóvenes de San Cristóbal sur, ellos también visten siempre a la moda, con vestimentas cómodas o incomodas según los gustos, unas dejan mucho que ver, otras casi nada. Lo cierto es que todas ellas se adquieren en los mercados populares del 20 de Julio, San Victorino y San Andresito (claro que en este último también se pueden observar con frecuencia a chicos con mucho dinero que quieren ahorrarse unos pesitos).
En estos sitios la congestión, la algarabía y el regateo están a la orden del día. Páseme una talla menos, hágase para un ladito, siga caballero que yo tengo lo que usted busca… Allí los vendedores también complacen a sus compradores, les ofrecen ropas de reconocidas marcas asegurando que son originales, en lo improvisados vestiers que en ocasiones se ubican fuera del local, se prueba toda clase de ropa, las adolescentes se pueden probar infinidad de prendas y luego irse porque ninguna le ha gustado lo suficiente. Estos centros comerciales también ofrecen diversos servicios como la elaboración de tatuajes o pearcing y la venta de accesorios como aretes, pulseras, anillos, y todo aquello que complemente la pinta.
La conclusión de esta rápida mirada a los lugares donde dos grupos de jóvenes, que habitan en puntos opuestos de la misma ciudad, adquieren sus prendas de vestir, se instala en la llamada globalización de la cultura que de alguna forma ha eliminado las barreras sociales para estos jóvenes; estar a la moda ya no es una exclusividad de las clases privilegiadas, los mass media se han encargado de divulgar que esta a la moda y que no, por tanto resulta mucho más fácil conseguirla para todos aquellos que deseen adoptarla, de esta forma, ambos grupos pueden darle un valor simbólico diferente al uso de la misma prenda de vestir.
CONSTANZA VILÁ ESCOBAR
Especialización en Pedagogía de la Comunicación y Medios Interactivos
III Semestre
Diciembre/2006